Facebook nos ha ocultado un cambio importante.

La noticia del ERE de Playground ha sorprendido a muchas. Un medio que parecía estar al día en lo que respecta a comunicar y crear contenidos relevantes, de golpe, bam, colapsa.  Aunque deben haber más motivos de otros tipos, uno de ellos es que habían dependido sobremanera en Facebook como fuente de tráfico principal (o incluso como canal para compartir contenidos directamente, como sus vídeos). Eran vulnerables a cualquier cambio de algoritmos o políticas de la plataforma. Que es lo que ha pasado, entre otros factores, como @josemanuelrodos analizaba sucintamente en Twitter con este gráfico

https://twitter.com/josemanuelrodos/status/1082655669394817024

Facebook es una fuente de indicadores de un cambio más profundo en los últimos años. Es una mina. Pero quizás no de la manera en la que se suele pensar: datos de usuarios activos, alcance, etcétera. No hablo de esas métricas.

Poco a poco se ha ido desvelando que Facebook estaba plagado, plagadísimo, de cuentas falsas. Pero en una proporción pasmante y sorprendente si cabe (sí, a pesar de que ya sabíamos que habían muchas cuentas fake). En números, casi el 10%. En algo más visual, casi como toda la población de EEUU.

Esto para una usuaria de a pie significa que hay usuarios que parecen en ocasiones incluso personas reales detrás de la pantalla, pero en realidad son marionetas con finalidades comerciales no muy éticas, o peor, con finalidades políticas, tergiversando y compartiendo propaganda y noticias falsas.

Pero para las organizaciones y empresas, incluso para las más pequeñas, que usan Facebook como canal de publicidad y visibilidad para obtener lectores, tráfico, o lo que necesiten, esto es también es dramático. Esto significa que parte del dinero que invierten en publicidad (porque, recordemos, la visibilidad de las páginas sin publicidad desde hace un par de años es tristísima), es muy posible que se tire.

Al ser recibido por parte de esas cuentas falsas, que no son pocas, y tienen perfiles diseñados que parezcan bastante ‘corrientes’, esto significa que forman parte de la ‘segmentación’ de los anuncios. Entre otros perjuicios que puede tener este hecho.

Más aun, la compañía lo sabía. La última polémica ligada a esto ha sido que hinchaba los datos y métricas (del impacto de los vídeos) para aparentar un canal confiable para los anunciantes, durante años. Tal cual. Es obvio que desde hace bastantes años han visualizado que tarde o temprano, a Facebook como plataforma con un modelo de negocio muy comprometido a sus inversores y metas de crecimiento a toda costa, le quedaba poco tiempo.

Esto en cierto modo está patente en el hecho que se han encargado de adquirir otras plataformas aparentemente distintas a sí mismo pero, más que complementarias, ligadas a escenarios de los futuros de los medios de entonces: Whatsapp como canal de mensajería privada con éxito. Instagram como medio audiovisual con una estructura interesante y muy atractiva. Oculus para abarcar el campo de la Realidad Virtual…

Se les puede regañar desde una perspectiva «managerial», o «business» conservadora de haber sido poco estratégicos, no haber rediseñado a tiempo algunos aspectos de la plataforma para conectar con las nuevas generaciones (que no se animan ni a pisar ese garito), de haber cambiado demasiado rápido los algoritmos y haber penalizado en exceso a los usuario-producto que no se pasan a ser clientes-anunciantes. Blabla.

Pero la realidad es que, y remitiéndonos al hecho de que han estado comprando plataformas diversificadas, de ese tipo de modelos de negocios (plataformas extractivas de datos y captura de atención) no iba a sacarle nadie a Zuckerberg de ahí.

Ya llevan años sabiendo que, aunque el número de usuarios activos por día y por mes aparentaba sano, ya habían llegado al tope «de mercado» por muy diversos motivos, y comenzaba incluso una fuga de usuarios, anunciada como trompetas del Apocalipsis por las generaciones más jóvenes que no mostraban ningún interés. Las generaciones más jóvenes tienden suelen ser indicadores de nuevos patrones de comportamiento, o de creencias, que tarde o temprano se difunden en otras personas de otras generaciones.

Esto nos conecta con otro movimiento (no cultural, sino algo que está en dinamismo pleno), que ha sido desdeñado por algunos expertos por tener su origen, el concepto, en el mundo artístico académico, y un nombre no muy persuasivo, que digamos.

 

Hablemos de lo posdigital

Si me sigues desde hace tiempo en las distintas redes, es posible que te suene esta palabra. De varias veces. Soy una pesada, lo sé. Pero cuando veo algo claro y atractivo a nivel de comprender mejor el mundo, me pongo como una fangirl.

Que no te engañe el nombre. No va de que lo que asociamos la media de los mortales con ‘digital’ se acaba y volvemos a lo analógico. Va de que los rasgos asociados a lo digital hace 20 e incluso 10 años atrás, cuando digital era una palabra asociada a ‘revolución’ o ‘futuro’, se han ido o están yéndose al garete por completo.

Como algunos de sus teóricos ya apuntaban hace años, por ejemplo Florian Cramer en su artículo académico (pero bien escrito), posdigital es cuando lo digital dejó de ser revolución y es normalidad.

Lo normal en este sentido es que navegamos y hasta moderamos el uso entre diferentes canales, y tenemos más soltura dentro de nuestras necesidades y posibilidades. Lo normal ahora es que, aunque la expresión «en la vida real» se sigue usando como mito de que lo que ocurre en las pantallas es algo como ilusorio, está siendo cosa del pasado. Somos conscientes que el fantasmeo y postureo es on-offline, así como que una conversación vía mensajería de chat puede ser más real que, a veces, un encuentro en una cafetería.

Si nos vamos al polo de organizaciones grandes, aunque se atisban probabilidades, aun existe un resquicio entre distintos futuros posibles diferentes. Varios caminos de futuro. Por ejemplo, el sueño liberal de que muchos pequeños pueden competir con las grandes se está viendo eclipsado por grandes corporaciones que tienden a crecer y crecer.

También tienden a la imitación con mayores recursos, a la innovación «abierta» o compartida, o más importante aun, a la adquisición de nuevos competidores o de nuevas tecnologías (como por ejemplo, ha hecho Facebook usando el mismo ejemplo). Esto es otra nueva normalidad, y ha conducido, sumado a otros factores, a que sea el fin de la «Era Start-up«.

No me malinterpretes. Ni tampoco a los chicos de Techcrunch, que de tecnología y negocio saben un piquete, ni a los analistas económicos. No debería significar que de súbito desaparecerán las Start-ups. Pero desde los últimos años, la economía (por favor, claudiquemos ya en separar «economía digital» del resto de economía) ha normalizado y recibido la transformación digital, aunque los que están ahí peleando por transformar empresas les suene a (u)tópico, parezca lo contrario. Transformarse digitalmente no es futurista (a nivel tecnológico, cultural, de procesos y modelo de negocio) . Las organizaciones se transforman digitalmente por anticipación a corto plazo o presión del entorno.

Está tan normalizado que ya está más que incrustado que los GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft), suelen andar en el cúlmen de las empresas con más valor bursátil, o que más ingresos generan. Hasta el punto de que es «negocios al uso».

En este artículo en The Atlantic, el excelente Ian Bogost (es que lo recomiendo encarecidamente, permíteme tirarle laureles) captura este momento en que, poco a poco, lo que lanza Apple ya no emociona. No es sólo una cuestión sobre que si Tim Cook y sus diseñadores lo hacen bien o mal.

La cuestión, según apunta, también tiene que ver con, precisamente, la normalización de los Smartphones y los dispositivos móviles en nuestras vidas. Han dejado de ser «nuevas tecnologías«, y, si lo piensas, son tan domésticos o cotidianos como lo eran los teléfonos fijos, o los microondas, o las consolas.

El efecto «fresco», «cool», no es ya lo digital. Y es posible que dadas las circunstancias, de que somos más escépticos y estamos algo más informadas sobre cómo y para qué se capturan nuestros datos, o cómo las TIC se han usado para cosas no siempre tan bonitas, quizá el efecto «fresco» o «cool» (porque, nos guste o no, estamos aun, de momento, en una sociedad donde buscamos un efecto sorprendente y esperanzador desde el mercado), ya no esté tanto en una tecnología o dispositivo, pon de Realidad Virtual.

Ahora, es posible que se desplace hacia experiencias en un sentido muy amplio, o a saber en qué campo. Digo a saber porque hay muchas contingencias abiertas, y no hay un solo futuro posible. El miedo a lo posdigital se palpa en ciertos ambientes techies.

 

Posdigital es sinónimo también de…

Justamente esa mirada más crítica es algo que también caracteriza lo posdigital, y que la economía de los datos, o simplemente la datificación en el on y en el off se han normalizado. Es lo que ocurre después de Snowden.

Posdigital es sinónimo de poscolonialidad (otro palabro, si me conoces, sabes que aunque no se suele recomendar usar tecnicismos, prefiero usarlas cuando realmente es necesario). Somos escépticas, como mínimo, sobre el impacto de la tecnología y de las empresas que las producen, distribuyen y venden en la sociedad.

Los think tanks, las fundaciones, programas culturales o pequeñas empresas sobre ética, privacidad e investigación social de usuario están poco a poco instalándose en grandes ciudades e impulsando y multiplicando estos debates (aunque a veces es posible que no lleguen a tocar niveles de crítica profundos, en parte porque el debate es muy nuevo para mucha gente aun).

Posdigital es abrazo al error, al agilismo, al glitch como algo que puede ser bello.

Posdigital es sinónimo de otras formas de comunicarnos, de relacionarnos, de hacer economía, de encararnos, sobre todo, ante retos que precisamente no son o no proceden de la tecnología. Proceden de los propios defectos del sistema, de las externalidades de la tecnología, entre tantos.

Poco a poco vamos comprendiendo cómo el digital, tal como lo habíamos imaginado, proyectado, o conocido en la última década, está desplazándose de novedad-normalidad a incluso dejar de ser normalidad. Y se van conformando posibles nuevas normalidades.

Estamos siendo disrumpidos por los avatares de la economía, la tecnología y las dinámicas de poder. Así, en plan cámara lenta, a muchos frames capturados por segundo. En lugar de frames, son factores, algunos de los cuales no se ven a simple vista. Y esto, entre otras, lo sabe Facebook. Y las GAFAM (dime lo que adquieres y te diré cómo ves tu futuro). Y este tipo de cambios es lo que genera sensación de temor a mucha parte de la población.

Pero como no hay mapas, estamos aquí para plantearnos qué futuros preferimos, ¿no crees? ¿Tú, cuál desearías?

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