El desencanto de lo digital y Post-truth como palabra del año

Cuando términos raros y nuevos como “Post-truth”, “Postnormal” y “Postdigital” hablan de cambios relevantes

Mucho se está escribiendo estos últimos días, a raíz de las elecciones de EEUU y sus inesperados resultados para muchos. Una de las revelaciones más interesantes, por ejemplo, es que este año, según Oxford, la palabra del año no está vinculada con la tecnología o los medios de manera directa, como en su momento fueron las palabras Selfie (2013) o Gif (como verbo, 2015), sino “Post-truth”. Es decir, se encuentra totalmente vinculada con la política, pero en realidad, a un cambio mucho más importante, que trasciende el ámbito de lo político clásico.

La normalidad se está rompiendo, caracterizándose nuestro presente por lo que algunos expertos vienen a llamar “postnormalidad” o época de los “new normals”.

Una de las transformaciones que casi rompen con lo que entendíamos años atrás es lo que otros tantos expertos (N. Negroponte del MIT Media Lab, entre otros) vienen a llamar Era postdigital.

¿En qué consiste? Si miramos los medios incluso especializados del marketing, en bastantes ocasiones se refieren a las redes sociales como “nuevas tecnologías”. Por suerte, cada vez menos, y ese cada vez menos es la clave: la revolución digital, ya dejó de ser revolución. Es cotidiano, incluso para el que reniega de estar en esas redes sociales: las conoce, no le son extrañas.

Ciertamente esta nuestra época a su vez se caracteriza por una cultura del mercado “everywhere” y de consumismo, así como de una constante investigación e innovación tecnológica muy aceleradas, exponenciales (hasta el punto de generar leyes propias de aceleración tecnológica, como la de Moore). Es decir, estamos constantemente viendo nuevas tecnologías que entran, algunas salen, o se mutan mejoradas o mezcladas.

Y contrariamente a lo que el futurista A. Toffler esperaba de nuestro presente (su futuro) de estar en constantes shocks culturales, ha pasado algo aun más insólito: nuestra actual normalidad se basa precisamente en ver como corriente que esas tecnologías y los contextos que generan, son más efímeros.

Dicho de otro modo, si nos dicen “ha aparecido una nueva herramienta que cambia la manera de hacer x cosa” como mucho nos dará curiosidad por saber un poco más, pero el hecho de que van y vienen nuevas tecnologías, nuevas fórmulas sociales, cambios al fin y al cabo, de por sí, no nos choca ya tanto, y somos cada vez más resilientes, tenaces. O indiferentes.

LO QUE AYER ERA NORMAL, HOY YA NO LO ES, Y LO QUE HOY PARECE RARO, MAÑANA QUIZÁ PODRÍA SER LA NUEVA NORMALIDAD

Se caracteriza lo posdigital, además, por una mayor relativización y desencanto sobre lo digital, y el papel de la tecnología en nuestras vidas. Además de verlos como cotidianos, los vemos con otros ojos.

No necesariamente yéndonos al extremo “Black Mirror” (aunque es sintomático que se esté poniendo de moda y genere tanto impacto y conversación, más después de las revelaciones de Snowden en 2013), pero si cuestionando cómo funcionan, quiénes detentan el control de esas herramientas, o simplemente dejándonos llevar por algún grado de impotencia y sensación de descontrol como usuarios.

Una de las tendencias que se están consolidando cada vez más sobre España y que en TAN nos interesa rastrear, es en torno a lo que llamamos “disgregación de las redes sociales“, y es resultado de diversos factores convergentes.

Es un proceso en el que además de desencantarnos sobre las redes sociales en general (por ejemplo, ahora que ya estamos muy familiarizados con sobre todo las grandes plataformas, ya no nos lanzamos a invitar a todo quisqui que se nos aparece en las recomendaciones, gestionamos con más moderación y otros ojos nuestros perfiles…), podemos llegar a estar un poco recelosos.

Y como resultado interesante, tendemos a concentrarnos en grupos de personas conocidas, con las que confiamos, en redes (no tecnológicas, sociales) más cerradas.

Últimamente, con las elecciones de EEUU, ha saltado fuera del círculo de los expertos uno de los problemas colaterales del diseño de muchas de esas plataformas (Facebook, Twitter y todas las centradas en el individu y sus contenidos, en lugar del colectivo como los foros de antaño): lo que le vienen a llamar las “Caverna de eco” o “Cámara de eco”.

El ser humano por naturaleza tiende a juntarse con personas afines, y nuestra psique tiene un mecanismo llamado sesgo de confirmación, el cual, si no se es consciente, nos impulsa a buscar evidencias (aunque no existan incluso) que reafirmen una creencia o una convicción.

Estas plataformas como las antes mencionadas lo refuerzan muchísimo mediante algoritmos que filtran los contenidos en función de nuestros intereses y la arquitectura de las plataformas: al fin y al cabo buscan retener al usuario generándoles una estancia placentera, y no hay nada más placentero que los refuerzos positivos, como por ejemplo la confirmación de nuestras creencias, un like a un comentario o la presentación de enlaces que “podrían gustarnos”.

Con las elecciones de este 2016 (incluyendo las de España), algunas personas vinculadas a movimientos de izquierdas, o votantes de los demócratas en el caso americano, tuvieron la convicción de que “nadie” había votado al PP o a Trump, respectivamente. Básicamente porque en sus extensas redes no habían visto ni leído a nadie a favor: todo el mundo parecía estar en contra, y tener muchas evidencias hemerotéquicas de porqué no votarlos.

Por tanto, quiénes les habían votado, sólo quedaba que fueran “idiotas”, sin acceder a otras realidades.

Y por esta razón han aparecido numerosos artículos explicando el efecto “Caverna de eco” de las redes sociales.

Más allá de esto, se une otro fenómeno político que lo está cambiando todo, y es la llamada “Era posverdad”, otra tendencia de cambio que hay que mirar muchísimo ya que tendrá impacto hasta en la publicidad, seguramente, y no por nada el término en inglés se ha convertido en la palabra del año: “Post-truth”

La posverdad es un momento producto y consecuencia, en parte, de la intoxicación por información o “infoxicación”, o por contenidos mejor dicho, que en muchas ocasiones suelen ser contrainformativas, poco contrastadas o directamente falsos o hoax. Un momento de desencanto absoluto por lo que puede ser verdad, bajo una inundación de información versus una realidad a su vez compleja y difícil de gestionar (especialmente para la mayoría de personas, que no pueden dedicar tiempo a tal tarea), y en el que los datos objetivos, por tanto, han perdido valor social.

Al final, las personas, más que en otras épocas (porque sí, no somos seres 100% racionales, pero lo hemos conseguido acentuar), se dejan llevar simplemente por las emociones, intuiciones y sensaciones, experiencias. La verdad ya no es tan influyente. No por ello deja de ser importante trabajar con datos objetivos, más bien lo contrario.

Por estos motivos, este encuentro entre un momento de desencanto de lo digital+desencanto de la verdad (desencanto por los datos, si despejamos un poco la ecuación) y de contingencia de futuros diferentes, de posibilidades e incertidumbre (posnormalidad), emergen nuevas fórmulas para innovar como explicábamos la semana pasada, y los datos, paradójicamente, se vuelven más importantes que nunca para poder construir proyectos sólidos, además de la agilidad. La experiencia es importante más que nunca, pero la propia situación, como sociedad, nos marca que no es suficiente, y por este motivo están emergiendo contramovimientos (proprivacidad, periodismo integral, el momento posconsumismo…).

Por ejemplo, y no es contradictorio, una de las mayores demandas en el ámbito de consumo es el de las marcas conscientes, sostenibles y más éticas a través de sus acciones, no de la comunicación. Esto podríamos examinarlo si tenéis interés en otro artículo aparte. En este artículo queremos marcar un poco el contexto general en el que acabamos de entrar.


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